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Vivencias de un informático en una ciudad (alemana) con pirulí
Todo comenzó una fría mañana de Diciembre en Madrid. Había descansado razonablemente para ser domingo por la mañana y me disponía a coger un avión para Dusseldorf: dicha ciudad había sido la elegida para el meeting del proyecto europeo en el cual trabajo. Hice un poco de tiempo en el barrio, bajé a tomar un café, me preparé un plato rápido de pasta instantánea y me dirigí a la calle principal para coger un taxi que me llevara hasta el aeropuerto; haciendo uso de su eficiencia llegué a la hora señalada; como siempre una hora y media antes de la salida del vuelo por precaución. Esperé, no mucho, en el mostrador y facturé mi maleta. Realizado esta rutinaria labor, entré por la puerta de embarque y me dispuse a esperar el avión. Hasta aquí todo normal, de hecho demasiado normal para una compañía como IBERIA, tan normal que tuvimos una hora y cuarto de retraso al despegar. Muy reconfortante cuando estás sacrificando un domingo para ir a trabajar el lunes a una ciudad ajena. No contentos con la espera en la puerta de embarque nos tuvieron otra media hora dentro del avión, con un calor sofocante, esperando a que alguien se dignara a mover aquel aparato hacia su destino. La culpa es mía, y de la extrema confianza que se tiene en una compañía de low-cost camuflada con el sobrenombre de ‘aerolínea nacional’. No llega ni al rango de low-cost, pues sus precios son demasiado caros para tal categoría; no obstante sus servicios no lo son, nada de comida a bordo (salvo si desear pagar diez euros por un mini-bocadillo). Empecé, por lo tanto bien la semana, llegando al hotel deprisa y corriendo para intentar cenar algo y acostarme: así estaría despejado para el lunes. De los acontecimientos laborales no hablaré, ya que no es mi propósito aburrirte, sabio lector. Desgraciadamente, para ser un meeting ‘intensivo’ descubrí rápidamente que disponía de más tiempo del que hubiera deseado e imaginado. Una interminable sucesión de horas vespertinas se mostraban ante mí: he de puntualizar que Dusseldorf no es una ciudad pequeña, no obstante mantente ese ‘atractivo’ solo reservado a las pequeñas urbes. Su mercado navideño y su calle de terrazas fueron mis compañeros infatigables durante varios días consecutivos. Sería algo así como si alguien diera vueltas a la redonda a la Plaza de Santa Ana (Madrid) durante cinco días. La prohibición de fumar en los bares y restaurantes tampoco ayudó demasiado. He visto las orillas del Rihn de todas las maneras posibles: amaneciendo, al mediodía, anocheciendo, en penumbra, con corriente abundante y con caudal lento. Para terminar mi ‘frenética’ semana, hoy he realizado el camino inverso: he cogido un taxi en el hotel, me he desplazado al aeropuerto, me he dirigido al mostrador y he facturado mi equipaje: - ‘Desgraciadamente, su vuelo tiene un retraso confirmado de 40 minutos’, informó con acento alemán la azafata del mostrador. - ‘Como siempre’ espeté yo con una mezcla de rabia y resignación
Y efectivamente heme aquí, en la puerta B77 del aeropuerto de Dusseldorf, esperando a mi vuelo, un viernes por la tarde, agotado y aburrido, con la mirada hundida en el teclado: desesperanzado y mohíno viendo, como siempre, la eficiencia de nuestra ‘línea aérea nacional’, créeme de la créeme de las compañías aéreas, martillo de relojes suecos, destructora del templo de Cronos, adalid del condensador de fluzo y poderosa demostradora de las paradojas temporales. Tal vez sea cierto, y nadie como dicha compañía lleve el espíritu, que digo el espíritu, la idiosincrasia íbera allende, de de nuestra fronteras, mostrando ufana al mundo nuestra falta absoluta de rigor. O tal vez más, puede que su total carencia de puntualidad sea más que todo eso, tal vez desee mostrar al mundo que en España se vive mejor: no somos esclavos del reloj: salvo cuando comienza un Barça-Real Madrid. Al paso que vamos, próxima entrega en una hora. |
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